Para que exista la denominada “gran
corrupción”, corrupción sistémica o intraley,
se requiere necesariamente la utilización de la ley o norma obligatoria de
manera injusta.
Esta situación la convierte, a la corrupción, en invisible para la gente, por lo cual normalmente el pueblo termina pagando sin protestar el precio.
En nuestro país tenemos varios ejemplos, como ser la deuda espuria de “Itaipú” (hoy develada al pueblo); los mismos contratos estatales fraguados en licitaciones “transparentes” en boca de los funcionarios peros selladas con “gran corrupción” a favor de ciertas y determinadas personas o instituciones, normalmente de capital privado, y normalmente sin ningún fin, precisamente, filantrópico.
Las favorecidas, increíble y coincidentemente, como buen país de casualidades, son manejadas por los propios políticos, algunos más exaltados que otros en su “nacionalismo” pro-bolsillo y pro-pariente.
Lo que esto provoca, según las investigaciones de esta columna, es que se utiliza a la persecución de la “pequeña corrupción”, donde se involucra gente de menor poder adquisitivo, a fin de generar una cortina de humo o velo “mágico” y poder decir que su voluntad consiste en hacer cumplir “la ley” persiguiendo a los delitos comunes (siempre que no tengan relación con la gran corrupción) y beneficiándose en contrapartida con la corrupción sistémica. Esa es la norma en los gobiernos bananeros.
La ley y sus dos caras
Bien sabemos que toda ley tiene dos caras, una de justicia y otra corrupta o corruptible; esta última es la más usada aquí por los encargados de impartir justicia y es el elemento número uno de “la corrupción”.
También sabemos que toda ley sirve para regular cualquier negocio jurídico o establecer restricciones a la libertad, normalmente las de expresión y sus derivadas.
Entonces la injusticia es lo que el pueblo percibe a través de la inseguridad jurídica y social, sin posibilidad de progresar.
Al sistematizar la corrupción los poderes se coadyuvan y consiguen hasta remover un gobierno constitucional para reemplazarlo por uno de facto, pero con jerarquía “legal”, cuyos frutos pueden destruir las bases de un partido, de una sociedad o de todo un país. Pero afortunadamente el pueblo nunca olvida las ofensas de sus hijos en la arena política.
Esta situación la convierte, a la corrupción, en invisible para la gente, por lo cual normalmente el pueblo termina pagando sin protestar el precio.
En nuestro país tenemos varios ejemplos, como ser la deuda espuria de “Itaipú” (hoy develada al pueblo); los mismos contratos estatales fraguados en licitaciones “transparentes” en boca de los funcionarios peros selladas con “gran corrupción” a favor de ciertas y determinadas personas o instituciones, normalmente de capital privado, y normalmente sin ningún fin, precisamente, filantrópico.
Las favorecidas, increíble y coincidentemente, como buen país de casualidades, son manejadas por los propios políticos, algunos más exaltados que otros en su “nacionalismo” pro-bolsillo y pro-pariente.
Lo que esto provoca, según las investigaciones de esta columna, es que se utiliza a la persecución de la “pequeña corrupción”, donde se involucra gente de menor poder adquisitivo, a fin de generar una cortina de humo o velo “mágico” y poder decir que su voluntad consiste en hacer cumplir “la ley” persiguiendo a los delitos comunes (siempre que no tengan relación con la gran corrupción) y beneficiándose en contrapartida con la corrupción sistémica. Esa es la norma en los gobiernos bananeros.
La ley y sus dos caras
Bien sabemos que toda ley tiene dos caras, una de justicia y otra corrupta o corruptible; esta última es la más usada aquí por los encargados de impartir justicia y es el elemento número uno de “la corrupción”.
También sabemos que toda ley sirve para regular cualquier negocio jurídico o establecer restricciones a la libertad, normalmente las de expresión y sus derivadas.
Entonces la injusticia es lo que el pueblo percibe a través de la inseguridad jurídica y social, sin posibilidad de progresar.
Al sistematizar la corrupción los poderes se coadyuvan y consiguen hasta remover un gobierno constitucional para reemplazarlo por uno de facto, pero con jerarquía “legal”, cuyos frutos pueden destruir las bases de un partido, de una sociedad o de todo un país. Pero afortunadamente el pueblo nunca olvida las ofensas de sus hijos en la arena política.
La acumulación en vez
de la calidad
Es común la superproducción de leyes con visos
de solución aparente hasta para los “piropos”, sin buscar un fundamento
razonable pero si de un contenido altamente sustentable a favor de quién paga
la proyección.
Nunca para mejorar siempre para sacar algún sustento económico para alguien o simplemente entretener temas importantes. Eso permite que hasta lo prohibido en el derecho se convierta en permitido por la interpretación mediante el cruzamiento y roce de leyes.
Nunca para mejorar siempre para sacar algún sustento económico para alguien o simplemente entretener temas importantes. Eso permite que hasta lo prohibido en el derecho se convierta en permitido por la interpretación mediante el cruzamiento y roce de leyes.