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La corrupción de primera mano

Parecería imposible, la dualidad entre corrupción y derecho, pues ambos son elementos de toda sociedad desarrollada, o en camino de serla.

Ambos están unidos, como siameses en el vientre de la madre “Estado”.

Hay una fuerte corriente, que pretende relativizar el derecho, en beneficio de los que cometen corrupción, en toda sociedad, al querer aplicar, en las instituciones públicas, los llamados “Códigos de Ética”.


Las reglas éticas, son un estadio anterior a la implantación del derecho positivo. Y de seguirse con esa insinuación, falsamente moralista, podría constituirse en un obstáculo para la justicia, tan necesaria en la diaria corrupción en los entes públicos; que requieren que la ley y los tratados internacionales sobre la materia, sean implementados, por el Estado, que, al parecer no tiene dueño, a la hora de la responsabilidad de sus representantes; pero, con muchos beneficiarios a la hora del reparto.

Según la TGC, el derecho debe ser aplicado, al ser comprobados una práctica, un hecho o un acto; de acuerdo al grado de responsabilidad del partícipe, siguiendo lo establecido en el artículo 106 de la Constitución.

Es decir, la mera intención de relativizar el derecho, a favor de los ejecutores del sistema de la corrupción, constituye una omisión grave para el gobierno; al no accionar contra los denunciados, públicamente, se cerrarán las puertas, nacional e internacionalmente, de la seriedad, que se dice tener en la administración del Estado.

Es inadmisible que una auditoría, que arroje nombres y apellidos, siga esperando, tal vez, una sanción ética de los mismos afectados.

El único fortalecido, a costa de la ciudadanía, será el sistema de la corrupción; a causa de un gobierno sin buen derecho.

En contra de un pueblo, que solo busca la democracia participativa, en libertad de acción y pensamiento, como único medio para luchar contra la ignorancia y la corrupción sistémica, hoy, conocidos de primera mano.

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