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Factura internacional y corrupción

Indudablemente nuestro país está acostumbrado a pagar, la factura internacional desde la más remota época, manejada por la corrupción sistémica en toda Latinoamérica. Lo cierto es que la política, la libertad y la democracia nos permite distinguir, saber y comprender, para así buscar corregir y disminuir el flagelo numero uno del mundo civilizado: la corrupción.

Hacer política en Latinoamérica es sinónimo de beneficio personal, en el criterio de la gente, aún renunciando a cobrar por el cargo.

La vida constante en un ambiente corrupto, hace confundir los valores de la sociedad, a tal punto que, algunos de los chicos de la escuela consideran que la institución, donde su padre o madre es presidente, pasa a pertenecer a su progenitor. Convirtiéndose en un lugar donde podía hacer su voluntad primero, antes que cumplir con la ley de la función pública y la Constitución Nacional.


Ahora se dice que esto fue por culpa de la falta de honradez y ética en la formación de los funcionarios. Aquí reside justamente la importancia de la TGC, ya que no se puede esperar la solución de ninguna cuestión, si no se disminuye la corrupción.

En primer lugar se debe entender de que existen dos clases de corrupción, la contra ley y la intra ley, pequeña y gran corrupción respectivamente, cuyo epicentro está en los tres poderes públicos, y no tiene discriminación alguna sobre sus participantes, todos le son útiles para facturar internacionalmente.

El poder actúa entonces desde una estructura, para obscurecer el proceso, del buen cumplimiento del derecho, a favor del progreso de las naciones. En nuestro país, se agrava porque los supuestos servidores públicos, que son electos por el pueblo, no son sujetos de la ley de la “función pública”, que debería ser la principal ley “anticorrupción”.


Por eso la “facturación” irregular en los negocios del Estado, parece inalterable, por la obscuridad en que se encuentra; burlándose escandalosamente el artículo 106 de la Constitución Nacional, el cual no admite desconocimiento, y establece la responsabilidad paritaria de todos los funcionarios, del rango que fuere. Este es el manto de ignorancia y de corrupción, que sigue campante, en una democracia participativa como la nuestra.

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