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La doctrina política curacionista

 El “Contrato social” ha servido para establecer pautas de comportamiento y representación democrática. Hoy, cambia su utilidad: Debe ser un instrumento para reparar los daños recientes y prevenir, los que puedan producirse en un futuro. En su mayoría, causados, por la corrupción sistémica, instrumentada en el poder.


Vivimos en un cuerpo social enfermo. Lo único que podemos hacer, inmediatamente, es mitigar los efectos; una reparación de daños, mediante el cumplimiento de las leyes presentes.

La Ley, en sentido genérico, tiene como misión moral, la de mejorar la conciencia de los ciudadanos.

Eso marca la división también, establecida en la TGC, entre la corrupción contra ley, que tiene un perjuicio inmediato en la sociedad. En contraposición con la “corrupción intraley”, cuyos efectos, normalmente, son silenciosos, ocultos y a largo plazo.

Por esa razón, la curación social, emprendida por los mismos ciudadanos, es el único mecanismo de prevención de éste tipo de corrupción.

Lo que se ha venido realizando, son reformas permanentes; sin otorgar el conocimiento necesario sobre el problema real; a los propios actores sociales. Basándose en el criterio anticuado de la representación, que no es más que un feudalismo, atorado y mimetizado en el electoralismo comercial.

La participación democrática, que no es lo mismo, que la abstracta “democracia participativa”, es el único medio real para que las políticas públicas, sean sustento de mejoría y curación de la sociedad.

Curación social es igual a “justicia social objetiva". No más la simple retórica que se abstrae de la practicidad y aplicabilidad de los conceptos. Porque es la aplicación de una doctrina nacional, lo que hace fuertes y prósperos a los países; y con ello, convierte en orgullosos de su patria, a sus ciudadanos.


¿Qué es una Nación Grande? Es un conjunto de familias que se preocupan por curar los males y daños en la sociedad; en su cultura; y que se preocupan por el futuro político de sus compatriotas.

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