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Un país calumniado

El Paraguay viene siendo considerado, desde hace un buen tiempo, como uno de los países más corruptos del planeta. Al menos en términos de percepción.

Lo increíble es que bajo esa apreciación contemos con una de las represas más importantes del mundo, una de las mayores reservas de agua subterránea, una de las pocas lenguas aborígenes vivas de la humanidad, y unas elecciones pluri-partidarias donde se eligen, de una vez, hasta  seis cargos electivos, incluido el de la presidencia.

Si un pueblo es calumniado, indudablemente, sus autoridades, por extensión, también lo serán, y ante el ocaso y escaso aporte cultural expansivo como nación, naturalmente sus decisiones también deberán ser ciertamente tergiversadas. En síntesis, la corrupción como denominador común sirve para muchos fines, entre ellos, pretender controlar un país.

Si este breve espectro no es suficiente para entender que la corrupción es la esencia del poder, del derecho y la política, pues, bueno, seguiremos conversando sobre lo que el curacionismo, justamente en la democracia paraguaya quiere hacer llegar como mensaje.

El gran brebaje que debe ser digerido como desafío de esta ejemplar nación, así como cada país lo tiene, es el de separar los criterios comerciales brutos, para aproximarnos a un marco del derecho neto, entendiendo la esencia de la democracia y de las relaciones internacionales.

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